Londres, 1880. Un hombre corpulento se sienta en una de
las últimas mesas libres del bar y decide ordenar una bebida que sus ojos y
oídos no captan; los recuerdos llenan su cabeza. Sus recuerdos de ella,
meciéndose suavemente en su habitación y el olor a muerte.
Ve a la gente a su alrededor danzar al ritmo de la rutina
y escucha el canto del murmullo. No pudo ser suicidio, Anna no era ese tipo de
persona, Walter lo sabría. Después de todo, era su esposa.
“Flannigan’s a las 6” rezaba la carta del misterioso
hombre que prometía información sobre su mujer, y sobre lo que había pasado. El
devastado detective no confiaba del todo, podía ser una broma muy oscura o
alguien peligroso que quería deshacerse de él. Todo era posible.
Entonces, de entre el gentío, un encapuchado harapiento
emergió y se recostó contra la silla frente a Walter. Con una voz torcida y
enfermiza, evitando saludos y cordialidades, dijo:
—Al exacto Norte de aquí, alejado de las más pobres casas
y las miserables almas, reside un tranquilo monte donde se entierra a los menos
afortunados. En él, una lápida que pierde el nombre durante la noche espera tu
llegada. Un amigo mío está ansioso por conocerte, pero le aterra la ciudad, y,
en especial, la luz— confundido, Walter mira al desconocido y gesticula una
palabra que se atasca en su boca cuando lo ve levantarse y salir por la puerta.
Apurado, recoge su sombrero y salta de la silla para
seguirlo. Cruza la puerta y mira a los lados, el extraño ya no estaba. Vuelve a
entrar ante los gritos de reclamo del dueño, había olvidado pagar su bebida.
Un par de días pasaron en los cuales Walter no había
encontrado más que callejones sin salida y pistas sin fundamento. Estuvo
vagando por los muelles del río a los que su esposa había hecho alusión algunas
veces en conversaciones para llenar los silencios. Andaba rastreando el origen
de un reloj extraño que Anna le había regalado unas semanas antes, solo para
enterarse que era de origen celta. Como era de esperarse, nada de eso lo llevó
a ningún lado.
Se hallaba en su casa, recostado en su cama cuando sintió
un pedazo de papel en el bolsillo de su saco. Era la carta del hombre de habla
torcida. Recordaba vagamente esa noche, y lo recordaba aún menos a él. Pero sus
palabras resonaban fuertemente en su cabeza.
Pasa el resto del día en la zona pobre de Londres,
escuchando conversaciones e interrogando gente hasta el cansancio. Con la caída
del sol, encuentra su última pista sin resolver, el Cementerio Winter Hill.
Solo los mausoleos recibían ya los tenues rayos de Sol.
Las tumbas se hallaban esparcidas en la pequeña elevación en la que se
encontraban, sin orden aparente. Un agrietado camino de piedra llevaba a la
entrada de una cripta en la cima de la colina, los pájaros evitaban ese lugar.
La poca luz desapareció de los bordes de esta cuando
Walter llegó a ella. Podía notar su antigüedad por los insectos que vivían en
sus grietas. La miró un momento, notando algo extraño en ella, no tenía ningún
nombre.
—Bienvenido a las Cloacas, señor Walter Hores—. Una voz
torcida, un traje oscuro y harapiento y la oscuridad cerniéndose sobre el
detective cuando el suelo desaparece bajo sus pies.
“¿Tú crees… que hay algo después de la muerte?” preguntó
Anna con la mirada distraída, distante. Walter la miró con leve asombro. “No,
ya sabes que no me creo esas tonterías que dicen en la iglesia”. “¿Estás
dispuesto a aceptar un final absoluto y vacío?” su voz se hacía más débil,
estaba cayendo dormida. El esposo reflexionó un poco “¿A qué se deben estas
preguntas, querida?”. “¿No te gustaría encontrar algo más?” su voz se mezcló
con el viento, y con un frío suelo de rocas.
El dolor lo despertó al instante y le inundó el cuerpo.
Las paredes difusas saltaban ante sus ojos, el piso se rompía y armaba debajo
de él. Sus piernas se quejaban con estruendosos gritos de sufrimiento y no se
movían. Estaban rotas.
Pasó allí suficiente tiempo para que su sangre le manche
toda la parte inferior del cuerpo. Cuando el llanto de sus extremidades
inferiores amainó, le permitió concentrarse más en sus alrededores. Oscuros
ladrillos de gran tamaño colocados irregularmente, frente a él, había una
apertura que podía ser un pasillo, pero que los llorosos ojos no lo dejaban
enfocar.
Y entonces se dio cuenta de algo mucho peor que la
torcida voz de un extraño hombre, el grito desesperado de unos huesos inconexos
y la ignorancia absoluta de dónde se encontraba. Cuerpos. Decenas de personas
putrefactas llenaban las paredes que hace poco pensó eran grandes ladrillos mal
puestos.
Unos lejanos pasos atiborraron sus oídos. Parecían durar
una eternidad, y mientras más fuertes se hacían, más se asemejaban a palabras.
Le contaban horribles historias sobre ese lugar, cómo su cadáver sería usado
para construir una cámara de muertos bajo una distante cripta e imitaban el
sonido de un nudo tensándose en el cuello de su mujer.
Una sombra se materializó frente a él, y los pasos se
detuvieron. El detective cayó inconsciente sobre su fría sangre.
Despertó de forma abrupta de un confuso sueño con el olor
a putrefacción rodeándolo. Las piernas no le dolían, pero tenían un mórbido
aroma de sangre y pus, no podía verlas en el oscuro lugar donde se hallaba. No
estaba seguro si las seguía teniendo.
La habitación se volvió más brillante con el tiempo.
Ahora Walter notaba unas rejas frente a él. Estas parecían llevar a un pasillo
dominado por las más antiguas sombras que nunca habían presenciado luz alguna.
Cuando su respiración se controló, pudo escuchar gemidos tan leves como el aire
convirtiéndose en viento, a su derecha, tras la pared de piedra de su celda.
No sabía su nombre ni cómo se veía. Pero estaba seguro de
que era un anciano, y que tenía una moneda con él. Habían pasado días hablando,
el pobre hombre había estado mucho tiempo allí, y supo explicar al detective
qué era ese pedazo de abismo en el que se encontraba.
“Hace ya muchos años, la peste negra había asolado toda
Europa. Un enorme número de gente murió durante esas épocas, pero eso no era lo
peor. Ciertas personas infectadas empezaron a… hablar, a mencionar eventos y
personajes desconocidos. La Iglesia los consideraba herejes, pero se dieron
cuenta de que no podían matarlos, por lo que los encerraron en unas inmensas
cuevas que encontraron en épocas sin nombre.
Los Enfermos empezaron a transformarse, a cambiar. Se
deformaron de maneras inenarrables, pero sus sermones no cambiaban. Al ver
esto, un grupo de sacerdotes decidió unírseles en este asqueroso lugar al que
llamaron Las Cloacas, ellos los consideraban enviados de Dios, y fueron
nombrados Sacerdotes Negros.
Con el tiempo, los Sacerdotes también empezaron a
deformarse, pero no contraían el ‘conocimiento divino’ que querían. Entonces lo
encontraron, un tumor gigante que hace mucho fue un desgraciado humano. Negro
pus recorría su irregular superficie y apéndices sin comienzo ni final llenaban
su cuerpo. Pero lo más inquietante de este horripilante ser era su voz: no
tenía boca ni lengua, pero su voz llenaba los cráneos de quienes escuchaban sus
inquietantes predicciones. Fue nombrado el Alto Narrador.
Y ahora tú estás aquí, como yo hace mucho tiempo, para
ser inseminado con el virus de la peste para convertirte en Su hijo. Bienvenido
a Las Cloacas.”
Esto fue lo último que Hores escuchó decir a su anciano
compañero de desconocida figura. El silencio se adueñó de la celda.
Los días marcados por un sol imaginario continuaban,
pareciendo repetirse sin un comienzo ni un final. Las dominantes sombras de las
celdas, la lenta e inquietante respiración de los prisioneros, que parecía una
sola, no venía de ningún lado y no quería ser escuchada, pero ahí estaba,
evitando el absoluto vacío que dolía como una abierta herida.
En algún momento de este sucio y rayado vinilo, un sonido
apareció en la oscuridad, justo al lado del desgraciado detective que ya no
recordaba su nombre. Un chillido grave y lento, acompañado de unos golpes que
parecían botas pisando un charco llenó el silencio. Al rato empezaron a hacerse
más fuertes, y más fuertes, y aún más. Los oídos de Walter empezaban a dolerle,
tan acostumbrados al silencio.
En seguida se empezaron a escuchar pasos y susurros en
los retorcidos pasillos afuera de las jaulas. Un Sacerdote Negro venía a
atender un asunto que el hombre ignoraba. Frenó de golpe en las barras
continuas a las suyas. Sin detener los ininteligibles cánticos, sacó un manojo
de llaves tan oxidadas, que sería raro que no se quedaran atascadas en los
candados. Las orejas ya empezaban a sangrarle, todo era muy ruidoso.
Las llaves rechinaron al girarse, produciendo un intenso
dolor en la cabeza de Walter. Trató de taparse los oídos con las manos. El
golpeteo y el grave chirrido se detuvieron casi al instante. Walter alzó la
cabeza. Entonces un intenso grito inhumano le inundó la cabeza, empezó a
golpeársela contra la pared, no resistía el ruido.
Todo daba vueltas, escuchaba confundido más alaridos
estridentes que no provenían de cuerdas humanas. A estas se le juntaron unos
quejidos torcidos y agudos. La frente le estaba sangrando, pero sufría más por
la horrible ausencia de su silencio.
Y el ruido calló, pero un vacío distinto tomó parte esta
vez, un vacío que pronosticaba el final de algo, una falta de sonido distinta a
la que Walter estaba acostumbrado. Frente a él, vio el cuerpo de un deforme
sacerdote, ensangrentado de negros fluidos y suspirando aún sus rotas
oraciones. Tras él, se alzaba una escuálida persona, sin ropa, mostrando un
demacrado cuerpo de oscuras y profundas heridas que no se consiguen en el mundo
real. Su cabeza era inexistente, reemplazada por una masa amorfa de pus
solidificado y músculos sin sentido de un color igual a los inquietantes
susurros del cura muerto.
Walter miró las manos del cadáver y vio en ellas un
manojo de llaves. El asqueroso ser empezó a caminar sin rumbo por los pasillos.
El detective lo miró alejándose, y notó que estaba aferrando una moneda.
Metal viejo rosando una cerradura y un
sonido que el corpulento hombre consideraba extraño, acompañaron su escape de
la celda. Pero no es un escape si se sale a otra celda, a una jaula sin luz de
pasillos sin sentido, pasillos que Walter debería recorrer.
Lo que sabía de ese lugar era tan minúsculo como la respiración
de los presos. Miraba confuso los serpenteantes caminos que llevaban a una
pared de sombras. Entonces oyó unos distantes gritos desesperados, las grietas
en las voces lo iluminaron con las imágenes de los Sacerdotes. Los aullidos
ayudaron a lo poco que le quedaba de consciencia a decidirse, nada malo podría
pasar en un lugar donde esos desencajados espectros morían.
Caminaba lentamente hacía el lugar de su infeliz alegría.
Una mano en la pared y los pies en un viscoso suelo eran lo único que evitaban
a Walter vagar en un espacio infinito de oscuridad. Hasta que divisó una luz.
Esta era rústica y débil, pero aun así golpearon los globos oculares de un
detective que ya no podía imaginarse bajo el sol.
Cruzó un gran portal, entrando a una capilla de grandes
dimensiones, iluminada pobremente por viejas antorchas. Una asquerosa estatua
de piedra dominaba el centro de la sala, representando una indescriptible
criatura que Walter imaginó era un Enfermo.
Bajó su mirada a los pies de la bestia, y su vista se
extendió como el agua por todo el suelo de la habitación. En él había cuerpos
recientes que se extendían de forma irregular por todo el piso de la capilla.
No eran los ladrillos muertos que recordaba lo recibieron rudamente cuando
llegó. Estos eran Sacerdotes Negros, sus cánticos, que sonaban después de
muertos creaban una atmósfera tan liviana como el aire. Sobre el viscoso suelo,
Walter pudo percibir un rastro de negro pus seguir por una de las puertas.
Los cánticos se hicieron más fuertes, y los inertes curas
empezaron a arrastrarse pausadamente hacia la estatua. No había duda de que
eran cadáveres, pues sus heridas se notaban mortales a simple vista. Hores se
sobresaltó ante esta lenta marcha de la muerte, casi sin respirar, observando
el horrible espectáculo que le brindaban personas que abandonaron la vida no
hace mucho. Lentamente, cruzó la capilla y llegó a la puerta que le parecía
mejor.
Esta tenía grabada unas palabras casi inteligibles, pero
que hacían eco en la cabeza de Walter. “La muerte es solo una ventana”.
Finalmente salió a la oscuridad del pasillo. Las oraciones nunca cesaron.
A lo lejos se escuchaban los pesados pasos de la excusa
de hombre que servía de faro para Walter. Lentos e irregulares eran sus luces
que no llevaban a ninguna costa. Una inclinación empezó a sentirse bajo sus
pies, el pasillo parecía comenzar a descender.
Caminó bastante rato por los tortuosos pasillos,
nuevamente sus manos y pies atándolo al mundo material. Había bajado tanto que
no le sorprendería escuchar demonios riendo. Dejó de escuchar a su guía.
De repente, sus manos perdieron la pared y sus pies
comenzaron a flotar, la oscuridad lo dominó y abrazó. No tardó en escapar
fuertemente de los negros brazos cuando cayó de pecho contra un frío piso tan
liso como un calmo arroyo, el aire era fétido y casi líquido. A lo lejos divisó
una desenfocada luz, justo frente a sus ojos. Lo poco que esta iluminaba le
mostraba una puerta pequeña al otro lado de la estrecha habitación en la que se
encontraba, casi un pasillo si no fuera por las puertas y el suelo que la
diferenciaba. La antorcha no llegaba al techo de la habitación, haciéndolo
parecer un enorme abismo inverso.
El fuego captó por completo su atención, una luz real,
distinta a la que Walter estaba acostumbrado, una que tenía que tocar y sentir
para saber que estaba ahí. Avanzó distraídamente dando tumbos por la larga
sala, tan empeñado por bañarse de las sombras que lo rodeaban, que no escuchó
la hueca respiración proveniente del techo.
Un grave alarido inundó la sala, y un golpe seco se
escuchó tras Walter. La antorcha mostró una enorme sombra deforme y
esquelética. El cuerpo parecía tener forma arácnida, sólo que con las patas
distribuidas al azar, y estas siendo formadas por negros huesos aplastados unos
contra otros, pareciendo tener “pelos” que salían a través de grietas.
Lentamente, el detective alzó su vista hacia la parte
superior de la aberración que tenía enfrente. Igual que las patas, huesos
llenaban el cuerpo del monstruo, grandes pedazos de carne sanguinolenta
colgaban del esqueleto. Los pelos parecían devorar la luz de la antorcha.
Finalmente notó una gran acumulación de podridos músculos en el medio del ser,
y este se movía al ritmo de una respiración vacía y fétida.
Todos los sentidos de Hores gritaban de desesperación, su
cabeza daba vueltas y su estómago no tenía nada que vomitar. Lo único que
evitaba que cayera inconsciente era el miedo que sentía. La hórrida criatura
que tenía delante cayó sobre su propio peso, y las patas se apoyaron en la
pared. De esta forma, empezó a arrastrarse hacia el paralizado hombre, abriendo
múltiples bocas pequeñas en apéndices. Un agudo grito le llenó la cabeza:
clavado en una de las patas, Walter vio el cuerpo de su deforme compañero de
celda, aun aferrando su moneda.
Sus piernas obligaron al detective a moverse. Detrás de
él los golpes de las patas contra la pared se escuchaban cada vez más cerca, y
el aullido más fuerte. El hombre siguió corriendo, no podría parar ni
queriéndolo, ya sólo centímetros lo separaban del monstruo, entonces llegó a un
escalón que superaba su cintura y lo saltó cuando ya sentía los dientes en uno
de los apéndices. La enorme bestia chocó fuertemente contra este escalón, y
Walter logró cerrar la puerta tras de sí. Casi inconscientemente leyó el grabado
del portal “Vazarius, el Primer Pecador”. Siguió un pasillo en total oscuridad,
pues faltaba un faro.
Sólo cuando en su cabeza dejó de retumbar el sonido del
miedo, pudo sentir un punzante dolor bajo las costillas, y veía cómo sus
andrajos se teñían de negro.
La densa sangre chorreaba a borbotones, dejando un rastro
sobre el suelo que el detective pisaba. Sus pies caían pesados, uno delante del
otro, y su respiración se volvía lenta y leve, casi como si no quisiera ser
escuchada.
Anna lo observaba fijamente, y Walter sintió una profunda
vergüenza, seguida de una enorme felicidad cuando sus labios se encontraron. La
herida se hinchaba de una extraña forma mientras el oscuro líquido coagulaba.
Su alegría se volvió inconmensurable cuando miraba a su ahora prometida. La
oscuridad se volvió borrosa, la luz de sus manos y pies menguaban con cada
paso. Su cuerpo entero sonreía al escuchar al cura hablar, había encontrado a
la mujer perfecta.
Todo eran sombras. Silencio. Y al final, un chillido
grave y lento.
Martín
G.

No hay comentarios:
Publicar un comentario