Un día como cualquiera, estaba
estudiando para mi examen de inglés, cuando de repente mi papá me llama. Muy
estresada y cansada le respondí: ¿Qué pasó? Y su respuesta fue: “Ya salió”. Sin
darle importancia seguí trabajando. Minutos después, me enteré que
finalmente salió la resolución que nadie deseaba y menos en esa época del año.
No supe qué pensar, muchas cosas se me vinieron a la cabeza, entre ellas la
imagen del aeropuerto, mi hermano y yo abrazándonos, la gran despedida. Una
semana muy intensa, tanto mis padres como yo no teníamos el mejor humor y en
consecuencia el ambiente de la casa era tenso. Y es que quedaban tan solo cuarenta
y cinco días para regresar, cuarenta y cinco días que pasaron volando,
acompañados de despedidas, risas y llantos. Mi momento de reflexión era en las
noches, cuando me descargaba a través de las lágrimas, pensando en el miedo que
le tenía a este gran cambio, el cómo sería mi vida sin mi hermano, sin mis
amigos y simplemente la manera en la que viviría ahí. A su vez, tuve varias
charlas emocionales tanto con mis grupos de amigas como con la psicóloga del
colegio. Me servían mucho porque me ayudaban a mirar el lado positivo; volver a
mi país natal, reencontrarme con mi familia y mis ex compañeros.
Mi último día en Uruguay estuvo armado
para ser en familia, aprovechando el tiempo al máximo juntos y entre eso la
oportunidad de jugar mi último partido de hockey. Tuve el apoyo de mis seres
más queridos y gracias a eso me sentí motivada logrando meter el gol de la
victoria del equipo. Lastimosamente ese día tuvo que llegar a su fin, pero
teniendo un final feliz.
Llegó la fecha, ya en el aeropuerto acompañada
con mis mejores amigas que me fueron a despedir. Quedando tan solo diez minutos
para embarcar, llegó el momento de la despedida, primero con mis amigas, a las
que notaba muy tristes. Todavía no había perdido la calma, hasta que giré mi
cabeza y me di cuenta de que mi hermano me estaba esperando, se me vino el
mundo abajo y lloré a mares.
Nunca me gustaron las despedidas y menos si era yo
la protagonista. Teniendo sentimientos encontrados subí al avión y, hasta el día
de hoy, agradezco esos siete años que me tocó vivir en Uruguay.
Rebeca
C.

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