Cuando
era pequeño mis amigos y yo jugábamos mucho con la hamaca paraguaya y hacíamos
algo que se llamaba El Cóndor: dabas
una vuelta completa sin caerte.
Una vez estábamos mi hermano, unos amigos y yo en San Bernardino, este fue un viaje muy de mi agrado, y estábamos bajando las
cosas cuando a Juanse (mi hermano mayor) se le ocurre la gran idea de jugar El
Cóndor con la hamaca del patio de adelante. Cuando llegó mi turno, con cada
vuelta quedaba más desorientado, entonces saqué mi cabeza y me golpeé contra un
escalón y de allí todo se volvió borroso; solo me acuerdo que me decían que no
tenía que manchar el asiento con sangre.
Alejandro R.

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