Esta
anécdota pasó cuando yo tenía como unos cinco años, y era época de Pascua. Mis
padres me llevaron al Shopping del Sol a pasear, ya que me encantaba hacerlo.
Al
caminar por el shopping, me llamó
mucho la atención un gran stand de
chocolates. Estaba lleno de huevos de Pascua, de diferentes envoltorios muy
llamativos. Eso era como el paraíso para un niño pequeño.
En
un estante más abajo, se podía ver los conejos de chocolate.
Les
miro a mis papás con un intento de cara angelical, como para que se den cuenta
de que no iba a continuar el recorrido si no me compraban algo de ese estante.
Mejor, si era un conejito.
Mi
papá entendió lo que mi mirada pedía; entonces me trajo un pequeño conejo de
chocolate. Se veía tan sonriente en el envoltorio, entonces también sonrío.
Estaba propuesta a cuidarlo y a que jamás le pase algo malo.
Paseamos
más, yo seguía con el chocolate en la mano, sin su envoltorio.
Podía
sentir cómo el conejo se derretía en la palma de mi mano y ya se estaba
poniendo pegajoso. Al parecer eso no fue una preocupación para mí.
Al
no querer caminar más, me senté en un sofá que estaba por el camino. Noté cómo
mi mamá me miraba a mí, y luego a mi chocolate de una manera extraña. Claro,
ella no sabía que mi intención no era comerme el conejo de chocolate.
Parecía
que ya no aguantaba ver ese chocolate intacto, se acerca y de un mordisco le
decapita a mi conejo.
Con
horror, miro al conejo y giro para verle a mi mamá masticando lo que era su
cabeza.
Creo
que jamás voy a olvidar cómo lloré ese día.
A mis padres les costaba entender el motivo de
tanto llanto por un chocolate que estaba para ser comido, pero ya la tenía
marcada a mi mamá como la peor asesina de conejos de chocolate.
Sofía L.
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