Tenía dos perros y uno que acababa de
nacer al que le ahuyentaba del miedo. También tenía un hámster o, para ser más
precisos, un hámster por semana. Comprarme tortugas marinas no había sido una
buena idea, ya que no sabía hacerme cargo de ellas, y mi niñera evitaba tener
contacto conmigo porque cada vez que lo hacía, no terminaba bien y yo, por lo
general salía llorando.
Algo que siempre odié es el puchero,
también el tomate, el jamón y el huevo y cada vez que mi almuerzo era
incluía alguna de esas cosas, mi papá me compraba una muñeca, y si yo comía
todo me la daba. Lo que yo siempre hacía era esperar hasta ser la última en la
mesa para dárselas a los perros.
En toda mi infancia lo peor que hice fue
darle plastilina a mi perro, porque cuando lo hice se quedó sin respiración.
Pero, a pesar de todos los problemas que pude haber causado, no me arrepiento
de la infancia que tuve, porque cuando la recuerdo se me vienen a la cabeza
todos los momentos de diversión y travesuras que pasé a lo largo de ese corto e
inolvidable tiempo.
Maia
M.

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