Una experiencia inolvidable, algo casi
ficticio: el amanecer. Pocas personas han tenido el gusto de ver asomarse el
sol por el horizonte, espantando a la luna y a sus compañeras brillantes. Personalmente
he tenido muchas oportunidades de presenciar el amanecer, pero solo uno me
atrae.
Estaba yo, rebelado y aburrido, solo veía
la ventana. La ventana me llamaba, como un niño queriendo atención para que
admires su gran castillo de bloques de juguete. A altas horas de la noche y,
por ende, la fase temprana del día, se reveló ante mí un amanecer de locura.
Muchos lo considerarían un cliché, pero este amanecer tenía algo en particular.
Miraba la nada y pensaba en todo,
admirando cómo el sol se apañaba contra la oscuridad, hasta que alguien toca la
puerta y dibujo en mi mente el café con rebanadas de pan: el regalo del
amanecer no es un paisaje de ficción, sino una sensación de estar vivo al 100%,
hasta la última célula del cuerpo.
Alejandro
C.
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